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Influencer Plus | Teatro Universitario: inagotable escuela

Alejo Carpentier lo advirtió de manera instantánea, al encontrarse entre los asistentes de aquella noche iniciática: «Si se repite alguna presentación de Antígona , id a verla. Vale la pena. Es probablemente el esfuerzo dramático más completo y mejor logrado que se haya intentado en La Habana desde hace más de diez años». Y es que Schajowicz, quien huía de la barbarie fascista, se había formado entre las vanguardias europeas de la manifestación

Ante la majestuosa escalinata del edificio Felipe Poey, en la hoy Plaza Ignacio Agramonte de la Universidad de La Habana, fundó el emigrante austríaco Ludwig Schajowicz el Teatro Universitario. Ocurrió el 20 de mayo de 1941.

Ochenta años después se rememoraron in situ , en un emotivo acto, muchas de las peripecias de una historia larga y aportadora. Ahora las imponentes columnas abren paso a la estratégica Facultad de Matemática y Computación de nuestra casi tres veces centenaria casa de altos estudios, pero el fantasma de la Antígona de Sófocles reaparece por allí como un ícono eterno del teatro y, en particular, de nuestra pelea por la modernidad en el arte de las tablas, como fijaría Raquel Carrió.

Alejo Carpentier lo advirtió de manera instantánea, al encontrarse entre los asistentes de aquella noche iniciática: «Si se repite alguna presentación de Antígona , id a verla. Vale la pena. Es probablemente el esfuerzo dramático más completo y mejor logrado que se haya intentado en La Habana desde hace más de diez años». Y es que Schajowicz, quien huía de la barbarie fascista, se había formado entre las vanguardias europeas de la manifestación.

Ese espíritu y la propia necesidad cubana de renovar nuestro teatro, marcada hasta entonces por varias iniciativas desde 1936, hallaron otra cualidad en Teatro Universitario. Surgido desde una práctica pedagógica, propiciaron el Seminario de Artes Dramáticas y completaron ese perfil formativo que lo ha caracterizado, muy a tono con su asentamiento en la Universidad. Luis A. Baralt es también un nombre importante en el itinerario de esa época, otro director escénico que asumió el montaje de un repertorio actualizado de obras y autores contemporáneos y universales.

Por dicho carácter de escuela, resultan incontables la cantidad de actrices y actores que se sienten vinculados al Teatro Universitario de La Habana. Varios, como Verónica Lynn–espléndida en sus 90 años–, Eslinda Núñez, Nancy Rodríguez y Sergio Prieto rinden testimonio en el documental Noche de reyes, de la recién graduada en Comunicación Joanna Villafranca Calderón, estrenado aquella mañana de homenaje. El audiovisual, y la muestra de documentos expuesta el citado día, nos colocan ante las exquisitas inscripciones en el grupo de relevantes figuras como el mártir Fructuoso Rodríguez, y, entre otros, de Alfredo Guevara, Roberto Fernández Retamar, Graziella Pogolotti, Sergio Corrieri, Rogelio Martínez Furé y Roberto Blanco. Un signo clarísimo de la auténtica vocación cultural de quienes luego abrazarían la Revolución en obra fundadora y de pensamiento.

En décadas más recientes, y omnipresente por supuesto, Armando del Rosario, con 40 años al frente de la nave. Pura pasión, mantuvo el nicho de formación entre los estudiantes universitarios que, como verdaderos amateurs, en su significado de amadores, se vincularon para siempre al teatro y a la cultura, fueran o no, y más o menos, cercanos a sus perfiles de carrera. No pocos se convirtieron en celebrados profesionales. 

Reta el presente a sus actuales integrantes y al joven director Rolando Boet, a recuperar como sede la bella Sala Talía con la segura ayuda institucional y, sobre todo, a esa inagotable escuela que cifra, desde su nombre mismo, a Teatro Universitario.